Esto lo he sacado del libro que me estoy leyendo, "Todas las muñecas son carnívoras", de Ángela Vallvey.

Nuestras antepasadas, las hembras primitivas, también tenían un periodo de celo de la misma manera ue las hembras de otras especies de monos. Eso significaba que practicaban el coito únicamente en esos breves periodos y que, el resto del tiempo, reaccionaban de manera muy agresiva a cualquier pretensión de acoplamiento sexual por parte de los machos.
Los estudiosos han señalado que, por entonces, los machos que triunfaban en una cacería eran generosos repartiendo carne entre las hembras en celo, mientras que las que no estaban receptivas se quedaban a dos velas y tenían que conformarse con una pobre dieta vegetariana en una época en la que la carne era difícil de conseguir y necesaria para sobrevivir. Para una hembra protohomínida famélica y escasa de proteínas, la capacidad o no de ofrecer sexo en el momento adecuado podía significar la diferencia entre vivir o morir. Si esa hembra hacía demostraciones sexuales de disponibilidad cuando se abatía una pieza, recibía mas comida. Así, la selección natural ha ido favoreciendo a las hembras con disponibilidad total hacia el sexo, independientemente de sus embarazos y su celo, a las hembras que no se toman descansos entre periodos fértiles sino que se muestran propensas al apareamiento en toda ocasión, al igual que sus compañeros machos.
Las hembras de hoy hemos superado todo aquello de los diez dias de celo al mes y los dos años de apatía sexual después de dar a luz y somos una anomalía entre los primates: perdimos el "estro" y estamos siempre dispuestas al sexo -en fin: más o menos y, desde luego, unas más que otras, como siempre...-. La carencia de celo nos llevó al pacto sexual (división de tareas, intercambio de víveres, ...).
Aunque, lo que en su dia significó la carne para una hembra joven y hambrienta, hoy día lo puede representar el dinero o la posición social. Y las hembras dóciles y proclives al apareamiento siguen teniendo más oportunidades que las que habitualmente padecen de jaquecas y mal humor.
Las políticas de igualdad -que con tanta buena voluntad y expetación recibimos- difícilmente tendrán, a la hora de la verdad, mucha incidencia en el hecho de que actualmente la mayoría del dinero y del poder del mundo lo acaparan los machos humanos, de igual manera que en la prehistoria monopolizaban la carne en las cacerías.
Son ellos -entonces como ahora- los que cobran la presa, y ellos quienes reparten las tajadas.